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libro de sexualidad masculina | Manual Andro-Power.com 2.0Tumbado a solas sobre las sábanas rojas de la cama de su piso de soltero sintió una placentera sensación de libertad. El sentimiento vivido en tal espacio de relajación le hizo convencerse por completo de lo certero de la decisión tomada, y se habló a sí mismo felicitándose por encontrarse en el sitio y el camino correcto, y con toda una vida por delante.

Sin embargo, a sus casi 31 años de edad le asaltaban ciertas dudas sobre sí mismo. No sólo tenía incertidumbres acerca de sus posibilidades de conseguir una nueva pareja, sino que también sentía miedo y preocupación sobre sus facultades en la cama. Unas veces se preguntaba si podría aún gustar a chicas más jóvenes que él, y otras se mostraba inseguro ante su capacidad de satisfacer sexualmente a las mujeres. Sin duda, en esta recién estrenada nueva etapa de su vida aún recaía sobre su mente el peso de las frustraciones pasadas, y los traumas de la recién acabada relación con Morgane.

 

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Aunque a lo largo de toda la veintena le habían puntualizado de forma repetida sobre su buen parecido físico, hasta el momento no había llegado a sentirse seguro y satisfecho en su manera de relacionarse con las mujeres. Quizá la causa estuviera en algunos traumas infantiles, en determinadas interacciones con los progenitores o en frustraciones amorosas de la adolescencia. El hecho es que durante aquel recién terminado idilio, por vez primera en su vida había tenido que enfrentarse en serio a las consecuencias de una estrecha ideología, inmadurez relacional, e inapropiado aprendizaje sexual.

En el fondo, él sabía que la relación que acababa de romper le había proporcionado un conjunto de enseñanzas necesario para dar un salto de madurez que le daría la oportunidad de vencer conflictos mentales y emocionales del pasado, y así poder optar a mantener una relación sana y equilibrada con el sexo opuesto en todos los aspectos. Pero aún no se imaginaba algunas de las consecuencias derivadas de su impetuosa reacción frente al cúmulo de sufrimientos vividos a lo largo de su vencido noviazgo con Morgane, donde vivió situaciones que incluso pusieron en duda su virilidad.

Nadie mejor que un varón comprende qué se siente cuando el cuerpo no reacciona correctamente a los impulsos de la libido ni ante los requerimientos sexuales de una dama, pero como ante cualquier problema de la vida, la diferencia se marca en función de la clase de respuesta del ser humano ante el fracaso. Hay quienes defienden que en algunos casos, lo adecuado puede ser una postura pasiva o una actitud resignada, pero el caso de Fernando se caracteriza por pasar a la acción tras sincerarse a sí mismo y reconocer un problema de impotencia y eyaculación precoz desde que se inició en el mundo de las relaciones sexuales.

Si bien en sus últimos encuentros con Morgane se consolidaron algunos pequeños avances con respecto al control de la eyaculación y el mantenimiento de la erección durante el coito, Fernando sabía que aún le quedaba mucho por mejorar. En aquellas primeras semanas que siguieron a su ruptura, comenzó a buscar de forma algo compulsiva una chica con la que volver a probarse a sí mismo, y no tardó en conseguirla.

Mercy tenía 24 años y un físico muy alejado del ideal de Fernando, pero su desparpajo y simpatía le llamaron la atención, y decidió proponerle una cita junto al mismo puesto de trabajo del supermercado donde trabajaba como cajera. Ella accedió, y comenzaron una aventura que a los pocos días terminó en el dormitorio. Mercy no sólo le había servido como confidente de las razones que le habían llevado a romper su relación con Morgane, sino que constituyó un gran consuelo para Fernando al considerar como absurdas algunas de las reacciones y opiniones de su ex-pareja sobre su persona, que de alguna manera seguían martirizándole.

Se acostó con Mercy una sola vez, porque le repelieron algunas actitudes y gustos morbosos de la joven, y algo en su interior le dijo que el sentimiento de liberación que experimentaba en aquella época pudiera estar favoreciéndole en el sexo, ya que tuvo una respuesta eréctil bastante mantenida y satisfactoria.

Decidió no volver a quedar con Mercy, porque tenían muy poco en común, y se propuso ser más selectivo a la hora de elegir a su siguiente pareja.

Tardó unos meses en conocer a Gabriela, una chica cuyos 32 años no coincidían con la edad que aparentaba, pues parecía bastante más joven. Durante los meses anteriores había comenzado a practicar una serie de ejercicios para el fortalecimiento del suelo pélvico que le había recomendado un amigo médico, y había leído un par de libros sobre Tantra y sexualidad taoísta que le aportaron conocimientos sexuales bastante útiles e interesantes.

Desde el primer momento que conoció a Gabriela le gustó mucho físicamente, y cuando charlaba o interaccionaba con ella en el trabajo, sentía como un nudo en la garganta mientras su corazón palpitaba rápidamente, de forma que se le hacía difícil expresarse con normalidad. Tras besarse por vez primera en un parque, ella le confesó que le había ocurrido lo mismo, y lo achacaba a que sentía por él una mezcla de respeto e intensa atracción que le desconcertaba. Fernando lo atribuyó a que entre ambos podría existir lo que se denomina “química”, un fenómeno conocido por la ciencia, pero sin una explicación completa y satisfactoria en la actualidad.

Tal “química” provocó que no tardasen en llegar a más en sus relaciones íntimas, para así poder disfrutar de la intensa atracción que reinaba entre sus cuerpos.

En los primeros encuentros, no intentaron la penetración. Ella tenía muy poca experiencia sexual, y él no quiso arriesgarse tan pronto, porque desconfiaba aún de su habilidad para lograr un coito. Sin embargo, disfrutaron de juegos y roces muy placenteros, y profundizaron en una íntima amistad. Fernando le dejó claro desde el principio que no deseaba comprometerse, y ella lo aceptó.

Unos pocos encuentros sexuales sin penetración hicieron que ambos la ansiasen, y él se lo propuso respetuosamente. Gabriela aceptó, pero cuando se dispusieron al acto, no hubo manera de consumar el coito. Él se puso nervioso al colocarse el preservativo, y se le bajó la erección en los dos primeros intentos mientras empujaba para tratar de penetrarla. En el tercer intento, eyaculó de forma prematura, y sufrió un bajón de ánimo que le hizo perder la libido de forma fulminante.

Un par de encuentros similares provocaron que Fernando recibiera la visita de los fantasmas del pasado, y se le vinieran a la memoria toda una serie de situaciones frustrantes que vivió junto a Morgane, y que tanto se parecían a lo vivido.

Acudió a su amigo médico en busca de consuelo, y este intentó tranquilizarle tras explicarle lo comunes que son los “gatillazos” al iniciarse nuevas relaciones. Además, le animó a entrenarse a solas con el condón y a seguir practicando los ejercicios de Kegel y otra serie de técnicas favorables para la capacidad sexual masculina, como el análisis y superación de las relaciones pasadas, la relajación, la concentración, y determinadas formas de masturbación tranquila y consciente.

El joven se sintió aliviado por los consejos y el optimismo que le transmitió el galeno, pero tuvo un nuevo fracaso que a punto estuvo de terminar con su relación, al ocasionar en ambos un tremendo disgusto seguido de un enfado en el que se echaron las culpas mutuamente.

Tras la nueva decepción, se marchó a un viaje de negocios que le resultó muy placentero, y en el que algunos de sus compañeros buscaron la compañía de señoritas de pago. Además de confirmarse a sí mismo su rechazo a participar en tal clase de “diversión”, aquel viaje le sirvió para reflexionar sobre su pasado y relajarse, lo que resultó muy positivo para su siguiente encuentro con Gabriela.

En su primer intento de penetrar, estuvo a punto de conseguirlo, pues había logrado destreza con el condón y consiguió una firme erección mantenida. El problema fue que la vagina no estaba dilatada, y la chica se quejó del dolor que le causó aquel empuje. No en vano, ya le había avisado su amigo el facultativo sobre la posible presencia de cierto grado de vaginismo en su pareja.

Tumbado y relajado sobre la cama, y con el pene aún en estado de erección, le propuso a Gabriela dejar de intentar mantener relaciones sexuales y convertir su relación en una simple amistad. La indiferencia con la que pareció pronunciar estas palabras alertó a la joven, cuyos sentimientos por él no habían hecho sino crecer desde que comenzaron a intimar. Tras decirle que deseaba más que nada en aquel momento poder hacer el amor de forma completa, le rogó llorando que lo intentase de nuevo.

Desconcertado y sin una pizca de optimismo, Fernando accedió a la petición y se colocó encima de ella mientras la besaba con cariño. Sin pensárselo dos veces, la chica le agarró el pene en estado cercano a la flacidez y se lo introdujo certeramente en la vagina. Al sentirse dentro, Fernando no cupo en su gozo y se ajustó el preservativo. Una fuerte erección no se hizo esperar, y la euforia culminó con un rápido orgasmo de la joven y una intensa explosión de alegría en ambos miembros de la pareja.

Los dos se sorprendieron al ser capaces de mantener tres veces seguidas relaciones sexuales completas durante aquella noche, y celebraron la consumación con música, bailes, risas y una placentera sensación de alivio.

En los meses que siguieron pudieron mantener relaciones cada vez más satisfactorias, al tiempo que Fernando observaba con alegría y orgullo disimulado que iba logrando algunas de las metas fijadas en los libros leídos durante meses, y lentamente iba recuperando la confianza en su virilidad. Asimismo, observó que la buena disposición para el sexo y el sano estado de la libido de su nueva pareja le favorecían en gran medida y contrastaban con el de Morgane, sobre cuyas “ganas de sexo” había mantenido frecuentes discusiones, porque ella las atribuía a su deficiente habilidad, y él le echaba las culpas a su lábil estado de salud y vitalidad.

Los meses pasaron y conoció por Internet a Fiona, una mujer divorciada de 44 años con la que trabó tal grado de amistad que decidieron conocerse en persona. Como le había dejado claro a Gabriela que uno de los requisitos de su relación era la ausencia de un compromiso de fidelidad, se sintió con el derecho de intimar con Fiona.

Antes de irse a la cama por primera vez, su nueva amante le confesó que su ex-marido padecía un problema en el pene que le había impedido disfrutar de relaciones sexuales satisfactorias a lo largo de toda su vida, porque hasta entonces, sólo se había acostado con él. En vez de verlo como un problema, Fernando se lo tomó como un incentivo más para complacer a aquella simpática dama con la que disfrutaba de profundas y provechosas conversaciones sobre temas de todo tipo.

Su creciente afinidad les llevó a compartir un fin de semana a solas en una casa de campo, donde tuvieron la oportunidad de dar rienda suelta al deseo que se había creado entre ambos.

Se pasaron prácticamente todo el fin de semana manteniendo relaciones sexuales. Sólo paraban para comer y dormir, y Fernando se sorprendió no sólo de la capacidad orgásmica de aquella mujer, sino también de su propia habilidad para controlar la eyaculación y mantener coitos prolongados, en los que era capaz de eyacular o no hacerlo, a su antojo. Fiona le confesó que se sentía sorprendida de su potencia y control, y él le confesó que quizá fueran fruto de su tesón y disciplina para practicar una serie de técnicas específicas leídas, posiblemente como reacción a los traumas y el sufrimiento padecido en su anterior relación estable, donde incluso se llegó a poner en duda su masculinidad.

El último coito que mantuvieron duró alrededor de un par de horas seguidas. Ninguno de los dos paró hasta que uno de los orgasmos de ella fue de tal magnitud que casi le hizo desmayarse, provocando un pequeño susto al destacado aprendiz sexual.

Mientras tanto, su relación con Gabriela había perdido encanto. Aunque seguían disfrutando de las placenteras consecuencias de su “química”, ambos tenían claro que lo suyo no era una relación de pareja estable, y se fueron viendo con cada vez menos frecuencia. Fiona también se fue, y tan rápido como apareció. De repente, dejó de contestar a sus llamadas y mensajes por teléfono. Él entendió la indirecta, y pronto desistió en sus intentos de volver a verla. Pero a Fernando no le resultó difícil desapegarse de ambas amistades íntimas, porque enseguida entabló una nueva relación que le ofrecía apetecibles perspectivas, tanto sexuales como afectivas.

Conoció a Rosaura en el gimnasio, y desde el primer día le llamó la atención lo mucho que se tomaba en serio sus objetivos deportivos y la vida sana. Se trataba de una chica de su misma edad, soltera y muy atractiva. Al profundizar en sus conversaciones, se enteró de que había sufrido maltrato por parte de su última pareja, y desde entonces había estado sufriendo alteraciones cíclicas de su estado anímico que habían llevado a su médico a proponerle tratamiento con antidepresivos. Ella los rechazó, y en cambio acudía con gusto y disciplina al gimnasio, para conseguir entre otras metas, mantener un tono anímico apropiado. Fernando también le reveló aspectos íntimos de la relación con su ex, y ambos encontraron consuelo en la mutua escucha y compartir de varios secretos y confidencias.

La “química” entre ambos era evidente, y no tardaron en deshacerse de las barreras que impedían lo que sus corazones pedían a gritos. Esta vez todo fue bien desde el principio en el terreno sexual. Él comprobó que Rosaura tenía experiencia en los juegos de dormitorio, y trató de ponerse a la altura. El resultado fue magnífico, y a las pocas semanas de empezar a acostarse con él, Rosaura le confesó que era el hombre que más le había hecho gozar hasta el momento. No en vano, el creciente control y potencia de Fernando permitían sesiones de sexo que podían considerarse casi atléticas, no sólo por la larga duración de las mismas, sino también por la armonía rítmica de sus movimientos coitales. La capacidad multiorgásmica de Rosaura logró que ambos vivieran momentos de éxtasis que en tiempos pasados él había creído imposibles, y sólo propios de amañados montajes de películas pornográficas. Con el transcurso del tiempo, la capacidad de retardar o aguantar la eyaculación, y la rigidez y duración de las erecciones de Fernando no paraban de aumentar. En un momento de su relación, ella le declaró que a pesar de haber mantenido con anterioridad encuentros sexuales con más de un hombre dotado con un tamaño del pene significativamente superior a la media, de ninguna manera le habían hecho gozar tanto como él, que con un tamaño normal, tenía suficiente como para llevarla al orgasmo varias veces en todos y cada uno de los coitos que mantenían. Al escuchar tal afirmación, el hombre trató de esconder su orgullo manifestándole que quizá entre los dos habían verificado lo que muchas personas ponen en duda: que el tamaño es poco importante.

A pesar de la compenetración existente entre ambos en el campo del erotismo y la sexualidad, la relación duró poco más de medio año. A Fernando le desconcertaron algunos bajones de ánimo de la chica que demostraban un desequilibrio emocional pronunciado, y aunque trató de animarla y apoyarla de muchas maneras, se sintió defraudado por algunas de sus respuestas, y decidió abandonar aquel instructivo y apasionado affaire.

Tras cortar con Rosaura, Fernando vivió una época grata y despreocupada. Felizmente, iba sintiendo que se normalizaba su comportamiento y se relajaba su tensión a la hora de relacionarse con las féminas en cualquier terreno y situación de la vida diaria. Se sentía mucho más seguro de sí mismo que hacía dos años -el tiempo que llevaba sin estar con Morgane-. No obstante, aunque de ninguna manera deseaba volver con ella, en alguna breve ocasión la echaba de menos, pues en ninguna de las amistades íntimas que iba encontrando, hallaba ni un solo atisbo de la serenidad y el encanto que concede la pareja estable. Pero él no tenía prisa, y la experiencia le iba enseñando que si ya era necesario ser selectivo a la hora de escoger una amistad íntima, debería ser mucho más preciso al tomar una decisión de tal calibre como la de iniciar una relación amorosa comprometida.

En aquella etapa conoció a Claudia, una mujer divorciada 7 años mayor que él. No sólo poseía un físico que le pareció irresistible, sino que irradiaba una clase y un equilibrio que había echado de menos en todas sus anteriores amantes. Desde el principio pensó que si no estuvieran en fases vitales tan diferentes –ella tenía 40 años y dos hijos adolescentes- su vínculo habría podido tener perspectivas de un futuro en común.

Tal era el respeto que sentía por Claudia, que tras acostarse juntos por primera vez le propuso -ante su desconcierto- romper la relación, al no poder ofrecerle la devoción y estabilidad que ella se merecía. La mujer se negó en rotundo, y le declaró que deseaba continuar con él aun a sabiendas de que huía de todo compromiso.

En tales condiciones iniciaron una amistad repleta de confianza, sinceridad, libertad y buenos momentos. En la cama todo funcionó fenomenal. Desde el primer día, él apreció que Claudia tenía algunas dificultades para alcanzar orgasmos durante el coito, lo que contrastaba con las cualidades de sus recientes amantes. Sin embargo, supo poner en marcha otra práctica, la estimulación del clítoris con los dedos mientras la penetraba -para poder sentir su clímax estando dentro de ella y proseguir después con los empujes, o ser capaz de disfrutar de uno o varios orgasmos simultáneos- habilidad que tenía ya bien consolidada. En algunas ocasiones, y gracias a una “química” evidente, a la duración prolongada de los coitos, y a determinadas formas de moverse que había aprendido junto a Gabriela y Rosaura, fue capaz de llevar a Claudia al orgasmo sin necesidad de estimularle con los dedos.

El bienestar y armonía del que disfrutaron fuera del campo sexual durante varios meses estuvo salpicado de momentos de intenso erotismo donde la ligera diferencia de edad no hacía sino aderezar aún con más encanto la dulce relación de los amantes. Pero el tiempo fue deshaciendo el “hechizo”, y a Fernando le fue invadiendo una sensación de insatisfacción, al tener claro que Claudia no era la mujer de su vida. Por ello y debido a su capacidad de sincerarse consigo mismo y con todas las amantes que había tenido, comenzó a fijarse en otras mujeres.

A pesar de sus 20 años, Jennifer tenía más experiencia con los hombres que muchas mujeres que le doblaban la edad. Nacida en una familia acomodada, desde los 14 años había mantenido diferentes tipos de vínculos con varones de todas las edades: relaciones estables con adolescentes de su misma generación, líos con profesores del instituto, aventuras con treintañeros, amoríos con señores entrados en años, etc.

En los primeros años de su adolescencia poseía una extraña personalidad caracterizada por una aparente pasividad y falta de comunicación, por lo que sus padres la habían llevado al psicólogo en varias ocasiones, pero actualmente llevaba una vida normal y muy parecida a la de gran parte de las chicas de su edad, como estudiante universitaria no emancipada.

Fernando comenzó a quedar con Jennifer mientras estaba con Claudia, y pasaron bastante tiempo juntos dentro de un contexto de pura amistad sin sexo ni contacto físico alguno. No obstante, a él le gustaba muchísimo y desde que la conoció deseó seducirla, porque hacía muchos años que no entablaba una relación con una chica tan joven, y quería quitarse una de las frustraciones y preocupaciones que albergaba en su interior desde su ruptura con Morgane: su anhelo de gustar a mujeres más jóvenes que él.

Jennifer se hizo bastante de rogar en comparación con sus anteriores amantes. Cuando le comunicó que estaba ilusionada con una historia que mantenía con otro joven, Fernando prácticamente desechó seguir intentando profundizar en su relación con ella, y lo dejó estar como una mera amistad. Pero de forma inesperada, tras sentirse defraudada por el nuevo amante, acudió a él en busca de consejo y consuelo. Fernando actuó como amigo y confidente, y a las pocas semanas traspasaron los límites de su simple relación amistosa, y pasaron un fin de semana a solas.

Curiosamente, aunque se sintió muy excitado con ella, Fernando volvió a fallar y sufrió varios “gatillazos”. Sintió una enorme frustración y malestar al ser incapaz de satisfacer a la joven como hubiese querido, a pesar de que la reacción de ella fue comprensiva y denotó una extrema madurez en algunos aspectos de su personalidad.

De tal forma le afectó su nuevo fallo, que acudió de nuevo a su amigo el facultativo en busca de orientación. Este le repitió que era muy frecuente sufrir este tipo de disfunción eréctil ocasional en los primeros contactos sexuales, y le animó a seguir intentándolo.

Sin embargo, cada nuevo intento con Jennifer le supuso una nueva frustración. Cuando no eyaculaba de forma prematura, sentía que su pene no reaccionaba de la manera acostumbrada, y en ninguna de las relaciones que mantuvo con ella fue capaz de lograr un coito satisfactorio.

Como siempre utilizaba preservativo, no tenía miedos de mantener una vida un tanto promiscua, y aprovechó un encuentro con Claudia para demostrarse a sí mismo que sus cualidades no habían desaparecido como por arte de magia. Su buen funcionamiento en aquella ocasión le dejó aún más perplejo, y le hizo visitar una vez más a su “médico particular” en busca de una explicación convincente. Su amigo facultativo no sólo era especialista en medicina familiar sino que también poseía avanzados conocimientos en medicinas alternativas como la homeopatía y la acupuntura. Desde su experiencia le explicó que a veces, a pesar de que exista una atracción entre dos personas, falta entre ellas el grado de afinidad y compatibilidad sexual suficiente como para mantener encuentros satisfactorios. La razón de esta carencia de “química” se debe a diferencias importantes entre las propias ideas, valores morales y aspectos de la anatomía energética como los chakras, el aura y los canales de acupuntura. Tales discrepancias se reflejan en el subconsciente de la pareja, y dificultan o hacen imposible el sexo placentero.

Fernando vio lógica la dilucidación del médico, y tras sincerarse a sí mismo, pensó que lo único que le atraía de aquella chica era su físico y juventud, y que quizá se estuviese comportando de manera egoísta con ella, pues intentaba utilizarla como un medio para complacer ciertas ansias, frustraciones y deseos ocultos en su subconsciente. Realmente, tenían poco o nada en común, y decidieron sustituir su relación de amantes por el tipo de amistad que les unió al principio de conocerse.

Tras finalizar con Jennifer, Fernando continuó su dulce y apacible relación con Claudia, a la que a veces tenía que recordarle la vigencia de las condiciones de libertad y ausencia de compromiso que ambos fijaron en un principio. En este contexto, pudo experimentar mantener varias relaciones con distintas féminas a la vez, lo que le resultaba satisfactorio en algunos aspectos, pero comenzaba a dejarle en ocasiones cierta impresión de vacío e insatisfacción, y la sensación de que tal modo de vida le mantenía estancado, en vez de conducirle a alguna parte. Así, pudo intimar con mujeres de variada edad, físico y personalidad, y comprobar la veracidad de las teorías que su amigo el galeno le había explicado sobre la compatibilidad sexual. Aunque casi siempre disfrutaba de un excelente control y potencia, algunas veces, si su compañera no compartía con él en ciertas características como la ética o la forma de entender el mundo, le daba la impresión de que a su cuerpo le repugnaba compartir con ella los momentos de intenso placer íntimo que era capaz de proporcionar y experimentar, y respondía con episodios de impotencia o eyaculación precoz ocasionales, que en nada se correspondían con una situación patológica, sino con una clase de sabiduría corporal que en la actualidad solamente las ciencias que contemplan la realidad de la energía del ser humano son capaces de comprender y explicar.

Entre todas aquellas amantes de las que disfrutó en aquella delirante época de su vida, destacaba Patricia, una ex-modelo de pasarela de 29 años. Fernando estaba convencido de que lo más atrayente en ella no era el espectacular físico, sino su capacidad para la imaginación y la poesía. Se conocieron por Internet y compartieron agradables y enriquecedoras conversaciones por el servicio de mensajería instantánea. En un principio, a Fernando ni se le pasaba por la cabeza intentar conquistarla, pues ya estaba comprometida, pero con el transcurso de los meses se produjo un creciente magnetismo entre ambos. Además de convertirse en el confidente de Patricia sobre cuestiones relativas a su insatisfacción sentimental, ambos se atrevieron a impregnar con un tono de erotismo y sensualidad buena parte de sus conversaciones a distancia.

Llegaron a conocerse en persona en una ocasión, pero antes de intentar acostarse con ella y a pesar de comprobar en persona una gran atracción mutua, Fernando detectó cierto grado de aversión en su cuerpo y mente al hacerse partícipe de una traición a una tercera persona por la que sintió una especial empatía. Aunque no llegó nunca a expresárselo a Patricia, fue ésta la causa principal de su alejamiento tras conocerla en vivo y en directo.

También rompió su relación con Claudia durante esa etapa, porque intuyó que su presencia en la vida de ella pudiera estar alejándola de la posibilidad de conocer a otra clase de hombres con características más acordes a su etapa vital, y que pudieran ofrecerle la clase de vínculo que ella se merecía: comprometido y estable. Después de romper con ella, las circunstancias le mantuvieron alejado de la vida promiscua durante un tiempo, y en vez de sentirse frustrado o malhumorado por ello, fue capaz de disfrutar sobremanera de otros aspectos de la vida, y pudo tranquilizarse en el aspecto sexual.

En aquel verano que cumplió los 34 años de edad y en el que dejó de practicar el sexo por vez primera en los tres años que llevaba sin Morgane, sintió que acababa de derrotar a algunos monstruos que le molestaban dentro de su subconsciente desde hacía muchos años. Envuelto en una toalla naranja disfrutó, mientras contemplaba el horizonte marino, de unos especiales sentimientos de ilusión y expectación ante las prometedoras perspectivas que sus recién conseguidas amistades femeninas le sugerían. En aquellos preciosos instantes, le pareció entrever el contorno de un enorme ángel dibujado entre las nubes que iban cubriendo la playa, y se le vino a la cabeza que el color naranja correspondía, según la información proporcionada por su amigo el galeno, al segundo centro energético del ser humano: el chakra sexual.

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One Response to Manual Andro-Power.com 2.0 | Hombre Tantra

  1. enrique dice:

    Me ha gustado, y me gustaría seguir recibiendo informacion.

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