Cómo era la sexualidad de nuestros abuelos

pareja de ancianos¿Era la sexualidad de las parejas del siglo XX insatisfactoria y machista? ¿Había más opresión y violencia contra las mujeres que en el siglo XXI?

Al mismo tiempo que progresan las aterradoras cifras de muertes por violencia contra la mujer, algunos comienzan a responder estas dos preguntas de modo diferente al basado en las ideas preconcebidas y quizá manipuladas por algunas “élites” científicas y mediáticas con marcada influencia en las sociedades occidentales, a través de la promoción de una nueva moral sexual.

A continuación exponemos de forma novelada uno de tantos testimonios verídicos sobre la vida íntima de las parejas que eran jóvenes a mediados del siglo XX.

 

Sexualidad de nuestros abuelos. Historia real

Eran muy grandes el cariño y la admiración que el médico de cabecera sentía por su paciente, Pedro, de 76 años de edad. La buena conexión entre ambos facilitó una comunicación suficiente como para permitir que el galeno conociese ciertos pormenores muy íntimos de su vida pasada y actual.

Felizmente casado y con dos hijos, los días de aquel estupendo ajedrecista, campeón de varios torneos regionales, no se caracterizaban por el aburrimiento. Directivo de uno de los hogares del anciano de la zona, alternaba su ocupación como organizador de eventos en el centro con una labor de voluntariado en dos hospitales de la ciudad. Su carácter parlanchín y extrovertido, así como su desarrollada y bien conservada inteligencia, acompañados de una vida ordenada, le permitían realizar sus tareas de manera impecable y experimentar la alegría de poder transmitir su amor a otras personas.

Los días que Pedro acudía al centro de salud -con el único objetivo de retirar unas recetas para la hipertensión, pues disfrutaba de estupenda salud- la consulta solía retrasarse más de lo habitual como consecuencia de las pláticas entre médico y paciente. El tema sexual salió a colación un día en el que Pedro acudió eufórico al centro tras haber conseguido la quinta posición en el torneo provincial de ajedrez. Después de intercambiar algunas bromas sobre su evidente juventud de mente y espíritu, confesó que no mantenía relaciones con su esposa desde hacía dos años. Añadió que aunque se seguían queriendo, para ellos no era ya imprescindible el sexo. Asimismo, afirmó que quizá, en su caso, había logrado sustituir el placer carnal por el cariño por su esposa y el desarrollado en las labores sociales llevadas a cabo. No obstante, le reveló la existencia de una gran pasión entre él y su cónyuge hasta edades avanzadas, y le explicó su profundo desacuerdo con ciertas ideas y prejuicios procedentes del ámbito feminista que descalificaban los quehaceres sexuales de los varones de su generación calificándolos de simples, egoístas, arcaicos, e incluso prehistóricos. Aquel día, Pedro se explayó, y en aquella conversación el facultativo pudo corroborar ciertas ideas extraídas de algunos familiares de su misma generación.

Le relató que en sus tiempos mozos era común en los adolescentes de todas las clases sociales el acudir a prostíbulos. El motivo principal consistía en la poco frecuente disposición de las féminas de la época para compartir los deseos carnales con aquellos jóvenes de la primera mitad del siglo XX. Sus experiencias con aquellas prostitutas fueron muy placenteras y educativas, y se preocupó de conocerlas y respetarlas, llegando incluso a llorar en alguna ocasión por las desafortunadas historias vitales que ellas mismas le relataban. Aquellas experiencias estuvieron repletas de anécdotas. La más llamativa fue quizás la vivida en una ocasión en la que tras acostarse medio ebrio con una bella jovencita, despertó al día siguiente al lado de una vieja meretriz cuyo arrugado rostro le provocó un susto de muerte.

Le comentó que los primeros años de su matrimonio fueron todo pasión, fruto de la cual nacieron dos preciosos vástagos. Insistía en que luchó por perfeccionarse en las artes de la alcoba y evitar lo que denominaba “escupir en el vientre de una mujer” como referencia a la eyaculación precoz. Para ello, ideó un método que les concedió a él y su amada esposa prolongados momentos de placer. El médico sonrió cuando le dijo que el sistema por él inventado se llamaba “técnica Ripoll”, pues éste era el apellido del acreedor al cual debió el dinero utilizado para levantar su flamante y próspero negocio, y que tantos quebraderos de cabeza le produjo en un principio.

El procedimiento consistía en acordarse durante algunos segundos del susodicho empleado de la banca cada vez que se aproximaba al orgasmo. El fugaz pensamiento sobre el señor Ripoll le provocaba el “bajón” suficiente como para evitar una explosión prematura y hacer más duradero el placer compartido con la compañera.

La narración de Pedro hizo reflexionar al galeno sobre las ideas preconcebidas sobre una generación que si bien no dispuso de tanta libertad de ideas, posibilidades e información como la actual, no careció hasta el punto que se cree de los aspectos de ternura y cariño vinculados al sexo que en cierta forma, en estos tiempos, se ven amenazados.

 

Si quiere contar su historia o la de sus abuelos, le invitamos a relatarla en los comentarios de este post más abajo.

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